La Mesa Siempre Puesta

Imagino una mesa redonda, generosa y sencilla. No es la mesa de un restaurante con estrellas sino una mesa humilde: de madera, con manteles desgastados por el aparente paso del tiempo, con platos variados, pero todos con sabor a eternidad. Es una mesa para quien llega, sin importar cuándo ni por qué.

Los libros que he escrito, pero también, las redes sociales, por extrañas que parezcan a veces, se han convertido en la superficie sobre la cual coloco estos platos. Como si fuesen una mesa virtual e inmediata, allí dejo fragmentos de lo que he recibido: una palabra que me tocó, una experiencia que me transformó, una imagen que me inspiró. Comparto estos alimentos, no para terminar de una vez por todas con el hambre en el mundo, sino para no quedarme con lo que no es mío. En esta mesa ofrezco todo aquello que me ha alimentado a mí primero. No doy lo que no he probado, no sirvo recetas que no me han nutrido, ni conceptos que no hayan pasado antes por el fuego de mi necesidad, mi hambre, mi reposo y digestión. Esta mesa es una vida convertida en gesto.

Durante mucho tiempo busqué alimento afuera; leí un sinfín de libros, viajé, seguí maestros y acumulé conocimientos hasta que entendí que ningún alimento puede nutrirme si no estoy dispuesto a digerirlo.  

El verdadero alimento espiritual no es aquel que deslumbra con luces doradas, sino el que transforma. Y eso requiere hambre real. Esa hambre me ha enseñado a no rechazar ningún alimento. A veces una frase escuchada por casualidad, un error, un fracaso, me ha alimentado más que libros enteros. He aprendido que el alimento más valioso es aquel que pasa por el corazón antes que por la razón. Lo que me ha transformado no han sido las teorías, sino las experiencias. Por eso, cuando coloco algo sobre esta mesa, lo hago con la humildad de quien sabe que no está ense-ñando nada, sólo diciendo: «Esto me alimentó. Si te sirve, bienvenido, siéntate y come»

Una gran tentación en este mundo de redes es la de convertir la mesa en un altar, al chef en un ídolo, el compartir en predicar, la inspiración en imposición. Pero no tengo autoridad para decir a otros lo que necesitan comer; no conozco el hambre ajena y, cuando he intentado forzar a alguien a comer, incluso con buena intención, el resultado ha sido siempre el mismo: rechazo, distancia, frustración. Hay personas que, simplemente, no tienen hambre en este momento o necesitan pasar más hambre todavía. Puede ser que su hambre sea distinta, que busquen otro sabor o textura, y está bien que sea así. Forzar a alguien a alimentarse es, en el fondo, una forma de violencia.

Mi deseo profundo es que la mesa esté siempre puesta —aunque yo esté ausente—para que quien tenga hambre encuentre un lugar adecuado donde sentarse a degustar. No tengo prisa ni necesidad, esta comida no se acaba ni se caduca, su ingrediente esencial es ancestral y sigue tan fresco como siempre. Lo hermoso de esta dinámica es que al compartir el alimento, yo también me nutro. No en sentido narcisista o vanidoso, sino porque el acto de ofrecer me recuerda quién soy. Compartir lo que me ha alimentado me obliga a revisar mi propio «proceso», a mantenerme despierto, a vivir con coherencia.

Más que palabras siempre bonitas, intento que lo que comparto tenga sabor a vida vivida. Aunque a veces algunas palabras puedan parecer duras, intento que no sean inalcanzables, sino pan real, cocido en el horno de mi expe-riencia. Pero lo que más deseo no es que otros coman de mi mesa, la veneren y paguen por ella sino que encuentren su alimento y su forma única de cocinarlo, para que también pongan su propia mesa. Ojalá descubran qué los nutre, qué les da sentido, qué alimento les devuelve el alma al cuerpo.

Vivimos en una época de consumo masivo, también en lo espiritual. Saltamos de un contenido a otro, de un autor a otro, sin darnos tiempo para digerirlo. Pero el alimento ver-dadero requiere pausa.

Para que algo alimente, primero tiene que pasar por el fuego para ser cocinado, transformado. Y ese fuego es muchas veces el dolor, la espera, la noche oscura. No se trata de romantizar el sufrimiento, pero sí de reconocer que lo más valioso que tengo para ofrecer no ha nacido de la prisa ni de mis éxitos, sino de la lentitud y mis derrotas.

Esta mesa, que ahora toma forma de libro es una invitación a la lentitud, a la atención, a la intimidad, a un descanso simple y natural fruto del olvido de ti mismo. Hay un tipo de pan que sólo se cocina en la intimidad del corazón, ese es el pan que quiero poner sobre la mesa. Si alguien come de ella y eso le da fuerza para poner la suya, el ciclo se completa.

Finalmente, quiero hablarte de  tres ingredientes que nunca faltan en esta mesa:

SILENCIO: porque el exceso de ruido mata el hambre verdadera. A veces, lo más nutritivo que puedo ofrecer es una pausa, un espacio sin palabras, una imagen sin explicación.

HUMILDAD: porque mi alimento no es mejor ni peor que el de otros. Sólo es una forma de cocinarlo. No sé qué necesita el «otro», ni si está preparado para recibirlo. No soy chef ni nutricionista espiritual. Sólo soy alguien que, con gratitud, comparte lo que ha recibido.

CONSTANCIA: Porque no se trata de impacto inmediato, sino de fidelidad en el tiempo. Tal vez hoy nadie se acerque. Tal vez pase mucho antes de que alguien se siente a esta mesa. Pero la mesa sigue ahí, con su mantel desgastado y su pan caliente, como una ofrenda silenciosa, una presencia disponible, una promesa de alimento para quien lo necesite.

No hay nadie a quien salvar. No hay nadie a quien alimentar. Quien sienta hambre encontrará el alimento.

No voy a negarte que he pensado muchas veces en cerrar la mesa. Cuando siento que nadie llega, cuando me invade el cansancio o la duda, pero entonces recuerdo que esta mesa no es un proyecto ni un producto de consumo espiritual. Es una forma de vivir y de agradecer. Me basta con imaginar que, quizás, en algún rincón del mundo, alguien encuentre aquí un trozo de pan que le devuelva la esperanza o una palabra que le confirme su intuición,  una señal de que no está solo en su hambre. Por eso, mientras tenga alimento, seguiré sirviendo. Y cuando no lo tenga, guardaré silencio, para no dar lo que no me ha sido dado. Pero la mesa seguirá puesta. Con amor, con verdad, con libertad. Porque alimentar al «otro» no es llenar su plato, sino recordarle que el mismo puede saciar su hambre.

«Conocerse a uno mismo no es estudiar tu personalidad, sino experimentar «Aquello» que la posibilita.»

Suscríbete gratuitamente si quieres recibir información sobre eventos y publicaciones ocasionales o hazte de pago para contenido exclusivo y acompañamiento.